CUADERNOS DIGITALES: PUBLICACIÓN ELECTRÓNICA EN HISTORIA, ARCHIVÍSTICA Y ESTUDIOS SOCIALES.
NO.2. SETIEMBRE DEL 2000. UNIVERSIDAD DE COSTA RICA
ESCUELA DE HISTORIA.
REGION E HISTORIA.
Arturo Taracena Arriola
([1])
Investigador del Centro de Investigaciones Regionales de
Mesoamerica (CRIMA).
Correo electrónico: cirma.invest@guate.net
La problemática.
Las anotaciones siguientes sobre el concepto de región
las hago a partir de la experiencia histórica de la región de Los Altos en
Guatemala, entre 1750 y 1850.[2]
Varias de ellas son reflexiones a posteriori, cuando lo escrito es
pensado con mayor distancia y las lecturas consultadas, evaluadas con mayor
libertad. Por lo tanto, se enmarcan en el deseo de contribuir modestamente,
desde la óptica de la historia política, a configurar una metodología para
investigar historia regional.
Es muy común observar que la noción de región
en los estudios historiográficos ha estado reducida a las entidades
administrativas o a los espacios geográficos, lo que no garantiza un estudio
englobante de las complicadas relaciones entre actores, intereses y procesos en
el espacio regional ni las de éstas con realidades mayores, como el Estado y la
Nación.
El punto de partida para los historiadores regionales debe ser el análisis
del espacio y el tiempo desde la actividad social producida por los humanos que
los habitan y hacen posibles. Tal actividad se traduce por actos identitarios y
procesos económicos y políticos, pues la región
en sí es una construcción social en la historia y no un determinismo de origen
geográfico o administrativo.
Vista así, se estimula una historia
regional menos encerrada en sí misma, más propensa a entender la historia
nacional y a entenderse desde la historia nacional, salvando las trampas de las
"totalidades" o de las "globalidades", como lo han señalado
José Lameiras y Juan Pedro Viqueira.[3]
La metodología propuesta.
Por mi parte, sigo fascinado con el planteamiento de Eric Van Young sobre
la región, cuando la define como una
"hipótesis por demostrar". Me parece que es el mejor camino para no
caer en la facilidad de verla donde no la hay, a pesar de que la tradición histórica
o geográfica la denominen como tal. De esa forma, nos encamina por el sendero
metodológico.[4]
Para Van Young, un primer concepto clave a utilizar es el de regionalidad,
entendida ésta como la "cualidad de ser de una región". Es decir,
cada una de las propiedades y circunstancias económicas e históricas que
distinguen a ese espacio y que pueden ser comparadas en tanto que variables.
Luego, Grégoire Métral nos ayuda a manejar la complejidad del espacio
regional -que combina homogeneidad con diversidad por la diferenciación en sus
asentamientos humanos-, cuando afirma que el conjunto de los territorios de un
espacio conforma el sistema territorial.
Cada uno de esos territorios corresponde a un territorio vivido por el grupo
social que lo habita, que lo territorializa. La territorialidad
es, por tanto, el conjunto de relaciones que una población mantiene en un
territorio percibido como suyo y con las dinámicas provenientes del exterior.[5]
¿Qué significa el hecho que estos grupos muestren en determinadas
circunstanacias un interés común más allá de su territorio, situándose
"en" y "ante" un espacio regional?, ¿Qué los lleva a
plantearse estrategias comunes para su desarrollo."?
Acudiendo nuevamente a Van Young, él denomina a esa identificación como
regionalismo. O sea, la
"identificación consciente, cultural, política y sentimental" que
grandes grupos de personas desarrollan con el espacio regional.
En relación a los procesos demográficos, es bueno precisar que el
surgimiento de las regiones (al menos en México y Centroamérica) parece estar
ligado a un crecimiento demográfico acelerado, que combina un aumento
sustantivo de la natalidad con caudales migratorios por razones fundamentalmente
económicas.
Ahora bien, en la construcción histórica de esa identidad tienden a
jugar un papel importante aquellos actores con poder en cada uno de esos
territorios, los que pasan a convertirse en una
élite regional.
En América Latina, dichas élites
surgieron generalmente con base en la expansión de redes comerciales y de
contrabando propias, abastecedoras de los sistemas exportadores agropecuarios o
mineros, las cuales implicaban una importante circulación interna como sustento
del esquema articulador regional, según lo investigado por Antonio Ibarra y Van
Young, entre otros.[6]
Ibarra, en sus recientes trabajos, insiste en la especialización
productiva y comercial de los mercados regionales; en la evolución de las redes
abiertas de los mismos; en la necesidad de explorar las conexiones entre las
regiones en torno a sectores de demanda y a las instituciones, caracterizadas
por la interacción entre el control corporativo y el manejo oligopólico del
mercado; y, finalmente, en la existencia de una red de distribución a larga
distancia mediante las ferias comerciales.[7]
En el surgimiento de las regiones, también influyen la conformación de
latifundios a raíz de la puesta en venta de las tierras realengas, con una
creciente presión sobre las tierras comunales indígenas; el celo
administrativo de funcionarios públicos menores con la intención de conformar
un control político regional y las alianzas matrimoniales entre esos
comerciantes, terratenientes y funcionarios, bendecidas por parientes y amigos
eclesiásticos, miembros de las iglesias provinciales.[8]
O sea, una voluntad política de hombres y mujeres prominentes que
hicieron coincidir sus propios intereses de naturaleza mercantil y agraria con
los de la administración pública de su región,
y que tarde o temprano terminaron por enfrentarse con la realidad de la gestión
estatal, marcando con su huella el surgimiento del Estado moderno en América
Latina durante el siglo XIX.[9]
Fuerza política efectiva que, también, se enfrentó al desafío de
lograr el alineamiento al regionalismo de las masas populares y de las comunidades indígenas,
la mayor de las veces sin éxito, por la disparidad de los intereses y el
consecuente divorcio en la percepción de la ciudadanía. Aquéllas eran necesarias para alcanzar ciertos fines
políticos, como el de la autonomía efectiva y duradera. O, aun en el caso de
Los Altos y Yucatán, el de la independencia.
Para construir los regionalismos dichas voluntades políticas necesitaron tiempo.
Es decir, fueron procesos históricos en el mediano y largo plazo,
fundamentalmente enmarcados en la segunda mitad del siglo XVIII y a lo largo del
siglo XIX, pero cuyos rasgos perviven en el siglo XX, pues marcan muchos de los
movimientos sociales existentes hoy en día, especialmente los de revitalización
de la ciudadanía, la identidad y la descentralización.
Tales conceptos ayudan a comprender, por ejemplo, los intereses
encontrados y/o comunes entre las comunidades indígenas y las autoridades
regionales, entre las diferentes administraciones territoriales de una región,
así como entre los de ésta y los del poder central. Y, aún más, explican el
fenómeno histórico de la expansión-contracción
del espacio regional, según la fuerza e intensidad del regionalismo en cada uno de esos territorios y su consecuente
planteamiento de autonomía a lo
largo del tiempo.
De hecho, por lo que he podido constatar, tal fenómeno está
condicionado por los efectos del control y la gestión estatal, por los éxitos
y fracasos de las experiencias autonomistas, por la conversión de las élites
regionales en clases nacionales. La región de Los Altos en Guatemala vio su
espacio ampliarse a inicios del siglo XIX por su necesidad de una salida al Océano
Pacífico como garantía de su autonomismo e independencia y, luego, reducirse
en la segunda parte del siglo por los avatares de la construcción del Estado
guatemalteco, el triunfo de la revolución Liberal y el éxito de la producción
cafetalera la bocacosta del sur.
El proceso histórico.
Bernard Poche nos recuerda que el surgimiento del término región
nació en Europa en el siglo XVIII, suplantando al de provincia
por su dimensión cultural y por su reacción frente a la acción
homogeneizadora y normativa del Estado "moderno". Es decir, a medida
que el Estado -apoyándose en su legitimidad exclusiva y centralizadora- comenzó
a interferir ya no sólo en la esfera jurídica, sino en la vida cotidiana, económica
y social, hizo surgir en las provincias europeas la noción de autonomía.
Es decir, la necesidad de una soberanía parcial o total, dotada de un dominio
de competencias reservadas y de una capacidad reglamentaria propias.
Así surgió la problemática de las identidades regionales y con ella la
necesidad del uso de los términos región y regionalismo,
que pasaron a designar las manifestaciones públicas de los particularismos
locales de origen histórico en los Estados modernos europeos.[10]
En América Latina el fenómeno es parecido -y casi simultánaeo- en las
postrimerías de la Colonia, y se encuentra ligado a las primeras experiencias
de autonomía territorial impulsadas por la reforma de las Intendencias, la
consolidación de los mercados regionales y las transformaciones políticas de
la segunda mitad del siglo XVIII e inicios del siglo XIX.[11]
Por tanto, al tratar el tema de los regionalismos
es necesario situarse en las maneras que se produjeron y fueron utilizados o
reivindicados por los grupos sociales que los esgrimieron (generalmente, sus élites)
y por los que los adversaron (generalmente, las comunidades indígenas y las
oligarquías nacionales), en función de estrategias y legados históricos. Esta
realidad ha merecido la atención, entre otros, de Marcelo Carmagnani, Antonio
Annino, Antonio Escobar y sus respectivos colaboradores.[12]
Tal proceso hizo producir a la regiones un lenguaje político en favor de
una comunidad regional imaginada[13],
con el propósito de justificar su existencia y sentimiento de pertenencia
frente a la construcción del Estado centralizado, el peor que pudieron
encontrar durante el siglo XIX e inicios del XX. Conforme avanzó la implantación
del capitalismo monoexportador, la razón de ser económica de las regiones (el
mercado regional) se vio de pronto subordinada a los intereses de las nacientes
oligarquías nacionales. Por ello, a la hora de la crisis económica producida
por el desorden capitalista en los países subdesarrollados, el proteccionismo
se concibió a nivel nacional.[14]
Otro factor determinante en el surgimiento de algunas las regiones y sus
regionalismos en América Latina fue su ubicación en un espacio limítrofe con fronteras
intraestatales, como en el caso de la región de Los Altos, condicionada por las
realidades nacionales de México y Guatemala. En tales circunstancias, en dicho
espacio transfronterizo los proyectos centrales mexicano y guatemalteco
proyectaron -y proyectan- esferas de regulación natural o social,[15]
que se tradujeron -y traducen- en políticas nacionalistas distintas e
incidieron -e inciden- en la subordinación no negociada del proyecto regional
altense, como también les sucedería a los proyectos chiapaneco y soconusqueño.
Por esas razones, las historias regionales en los diferentes países de
América Latina están, a mi juicio, ligadas a los desafíos básicos de la política,
la cultura y la economía decimonónicas: región
versus nación; centralismo
versus federalismo; ciudadanía
versus corporativismo; conservadurismo
versus liberalismo, etc.
Se desarrollan, así, múltiples trilogías conceptuales, que los
historiadores tendemos a considerarlas desde la experiencia extranjera y/o del
poder central, sin advertir que hay una interpretación de las mismas desde las
ópticas regionales, la cual incide en las modalidades que éstas asumen en cada
país latinoamericano. Es decir, son conceptos o trilogías conceptuales que
exigen de los historiadores mayor análisis comparativo entre las diversas
experiencias regionales en los países latinoamericanos y entre ellas y las de
sus Estados correspondientes:
espacio-territorio-frontera;
local-regional-nacional;
municipio-departamento(estado)-Estado;
comunidad-municipio-región;
mercado local-mercado regional-mercado nacional;
criollos-ladinos(mestizos)-indígenas;
ciudadanía-elecciones-soberanía;
Estado-Nación-República.
Conclusión
Al hacer historia regional es
importante cernir el carácter potencial unitivo -de colectividad y de difusión
territorial- existente en cada región, así como historiar la capacidad con que
esa potencialidad es convertida en acción política, cultural y económica.
Sólo así podremos comprender el palimpsesto
que es hoy en día cada uno de nuestros países -de acuerdo a la bella metáfora
de Noëlle Demyk-[16],
pues atrás de la escritura de lo nacional, borradas por las historias
oficiales, se encuentran las escrituras regionales.
Por ello, depende de nosotros hacer de la historia
regional un aparato de rayos X, que nos ayude a explicar no sólo un fenómeno
histórico local, sino que nos dé herramientas para analizar la construcción
del Estado nacional y para entender el presente, más aún el de proyectos
centrales en crisis, como en México, Colombia y Guatemala.
[1]
Este articulo fue publicado en la revista Desacatos No. 1. Mexico: CIESAS,
primavera de 1999, pp.28/35. No tiene modificaciones.
[2] Arturo Taracena Arriola. Invención criolla, sueño
ladino, pesadilla indígena. Los Altos de Guatemala: de región a Estado,
1750-1850. San Jose: CIRMA-Editorial Porvenir-DRCST, 1997.
[3]. José Lameiras. "El ritmo de la historia y la
región" y Juan Pedro Viqueira. "Historia regional: tres senderos
y un mal camino"
en Secuencia, 24. México, sept.-dic. 199 .
[4] Eric Van Young. La crisis del orden colonial.
Estructura agraria y rebeliones populares en Nueva España, 1750-1821.
Madrid: Alianza Editorial, 1992.
[5] Grégoire Métral. "Reflexions sur les
territorialités collectives dans un espace tranfrontalier" en Le
Globe, 134. Genève, 1994. pp.27-30.
[6] Antonio Ibarra. "La organización regional del
mercado interno colonial novohispano: La economía de Guadalajara,
1770-1804" en Anuario del IEHS, 9. Tandil, 1994. pp. 127-167 y
Eric Van Young. La ciudad y el campo en el México del siglo XVIII. La
economía rural de la región de Guadalajara, 1675-1820. México, 1989.
[7] Antonio Ibarra. "Plata, importaciones y mercado
colonial. Circulación interior de importaciones: de Guadalajara al
septentrión novohispano (1798-1818)" en Siglo XIX. Cuadernos de
Historia, VI/16. Nuevo León, septiembre-diciembre de 1996, pp.7-37 y
María de los Angeles Gálvez y Antonio Ibarra. "Comercio local y
circulación regional de importaciones: la feria de San Juan de los Lagos en
la Nueva España" en Historia Mexicana, 183. México,
enero-marzo de 1997, pp. 581-616
[8] El mi libro trato el caso del surgimiento de una
Iglesia regional en Los Altos, en cuyo soporte teórico utilicé la obra de
David Brading. Los orígenes del nacionalismo mexicano. México: Era,
1988. Posteriormente, me parecen fundamentales las reflexiones comprendidas
en la antología coordinada por Alvaro Matute, Evelia Trejo y Brian
Connaughton. Estado, Iglesia y Sociedad en México. México:
UNAM-Editorial Porrúa, 1995.
[9] Véase el sugerente trabajo de Marcello Carmagnani
"Territorialidad y federalismo en la formación del Estado
Mexicano" en Problemas de la formación del Estado y de la nación
en Hispanoamérica. Bonn: Inter Nations, 1984.
[10] Bernard Poche: Une definition sociologique de région.
Cahiers Internationaux de Sociologie, V. LXXIX. 1985. pp. 225-238
[11] Para las transformaciones políticas implícitas en la
transición de la Colonia a la Independencia véase François-Xavier Guerra.
Modernidad e Independencia. Ensayos sobre las revoluciones
hispanoamericanas. México: Fondo de Cultura Económica, 1992.
[12] Marcello
Carmagnani es uno de los precursores. Véase en espacial "El
federalismo argentino en la primera mitad del siglo XIX" en Federalismos
latinoamericanos: México/Brasil/Aregentina. México: Fondo de Cultura
Económica, 1993. Más recientemente están las antología coordinadas por
Antonio Annino. Historia de las elecciones en Iberoamérica, siglo XIX.
México: Fondo de Cultura Económica, 1995 y por Antonio Escobar. Indio,
Nación y Comunidad en el México del siglo XIX. México: CEMCA-CIESAS,
1993.
[13] Tal y como utiliza el concepto Benedict Anderson en Comunidades
Imaginadas. México: Fondo de Cultura Económica, 1993.
[14] Robert Lafont. La revolución regionalista.
Barcelona: Ariel, 1971.
[15] Vease el trabajo citado de Grégoire Métral.
[16] Noëlle Demyk. "Los territorios del Estado-Nación
en América Central. Una problemática regional" en Arturo Taracena
Arrioola y Jean Piel. Identidades nacionales y Estado moderno en Centroamérica.
San José: DRCST-CEMCA-FLACSO-EUCR, 1995.